A alguien en este mundo, estos años, yo inspiré en sueños: La última palabra para amar es amor, pues la primera fue siempre JUSTICIA
Se escribe como se habla. Se escribe como se es el alma

jueves 12 de noviembre de 2009

Un largo poema dedicado a uno de los oficios de más alto riesgo, pescador, y que en vuestro honor recuperaré entero

Así decía en una de sus estrofas:

Más tiempo preso que en la mar metido
condenado al olvido
de tu labor,
tu destino es el mío
pescador español.

Uno de los oficios de más alto riesgo y por tanto dignificado con cuánta sangre anónima.
Dignificado por esa sangre y ensuciado por la tecnología que depreda de la manera más torpe, y sin riesgos, los océanos.

Lo mismo que dignificadas la política y el periodismo por cuánta sangre, muchas veces también anónima o de la cual se guarda un precario recuerdo, y ensuciada por tanta y tanta y tanta práctica corrupta, que podemos preguntarnos:
¿Hasta dónde hunde las raíces la corrupción política y de la comunicación, hunde sus raíces o extiende sus tentáculos? Sí, por abajo. ¿Cuántos no harían lo mismo ahí puestos según rezan las oraciones o dichos populares? De los tantísimos dispuestos a hacerlo, podemos deducir los muchísimos que la practican. Cuerpo político podrido de la mitad de su arborescente condición hasta la mínima raicilla secundaria de las principales raíces, ¿hasta dónde mínimas raicillas aun no tocadas por esa enfermedad directamente pero sí víctimas de ella? Sí, para abajo, lugar del cual todavía existen dudas al respecto de cuántos sanos o decentes; que de la mitad para arriba de la condición arborescente del cuerpo político (y de la comunicación, cultura) pocas dudas quedan al respecto de su salud. ¿Qué se salva de la copa del asunto, cuántos?, inocentes ramillas a merced del ramaje dominante del árbol, como las inocentes raicillas que se salvan por abajo.

Y de esa exigua salud vive el árbol, por ella estamos todavía todos aquí. Vitalidad que llegará a su fin cuando todos hayamos sido transvestidos a la idéntica condición de mangantes o aprovechados trepas tirando de nepotismo estafa soborno chantaje, tirando de inadmisibles exigencias como aquella de que sólo el que pase, o exhiba papel de haber pasado aunque ni pasó, por Universidad, la que sea, sabe. Como si el conocimiento fuese propiedad de quienes lo venden cada vez más caro, más caro moral y económicamente; como si la cultura perteneciese sólo a ellos, esos mercachifles que con ella, o dicen, para colmo, que con ella, montan sus tugurios expendedurías privadas o públicas.

Y de esa exigua salud vive el árbol que es todos, llámenlo de la vida o sólo de nuestra generación o especie, de esa exigua cultura, única libre, la cultura de los que la amamos a ella por ella misma no por los papeles o títulos y honores que expide. De esa exigua salud, de esa parca cultura verdadera, que ¿cuánto tardará aún en ser agostada?
Hoy, como entonces cuando naciste en medio de la sangre y te llamaron filosofía, amor al saber no título universitario. Amor al saber en medio de las espadas y conchas que segaban o arrancaban de bocado mortal en bocado la vida de esos amantes, como a Hipatia de Alejandría o Arquímedes de Siracusa, Servet y el creyente en vida extraterrestre ya en el renacimiento Giordano Bruno (Creencia que ahora, a siglos de que lo asesinara, adopta hasta el mismísimo Vaticano, vía tonta por la que quiere no desvincularse del árbol de la ciencia que hace milenios dejó atrás) y tantas y tantas, de las que ignoraremos siempre sus nombres, consideradas brujas por hacer ejercicio público de su libertad, dignidad e inteligencia, quemad@s viv@s.

Hoy como entonces cuando naciste en medio de la sangre, aunque también de la injusticia, sólo podían arribar a ti los acomodados (ya sabemos a cuánta sangre o sacrificio de tantas vidas se debe o debió el que existan aquellos que puedan o pudieron considerarse acomodados); hoy como entonces Conocimiento que fuiste conocido por filosofía, amor al saber.

...Y como todo amor, debió empezar por la Justicia. Esa primera palabra que ha de escribirse antes que el amor se pronuncie. Esa primera palabra que ha de escribirse, y con mayúsculas, antes que el árbol político o cultural que es todos acabe carcomido por la corrupción y su impunidad, o por las prácticas imbéciles, tantas veces delictivas también (o siempre delictivas si nos atenemos a que hoy, como en los tiempos de Hipatia Arquímedes, sólo puedan acceder a su adquisición o ejercicio el género delincuentes, en primera o segunda generación, de los acomodados) respecto a lo que es cultura y los que están capacitados para ejercerla o impartirla.